Mi dedo apunta la pecera. Apunta la niñez y un acuario al que solía ir. Ver el cofre del pirata en un buque roto mientras los peces y el vaivén de los colores me hablaban de que la memoria es un espejo, y que mi dedo entonces no apuntaba al pez, sino a mi, no al mundo del pez; sino a mi boca. Donde las palabras se hacen peces y te miran, y no quieren perderte de vista, no quieren saber mas que del movimiento del agua ¿o del pez? y decirte que el azul es mas que un color, es un sueño. Una forma de moverse y flexionar. Reflexionar. Sin embargo, la flexión de esos peces es más bien en gris. Un gris deslavado por el tiempo y las burbujas. Huelen un poco a noche, un poco a tarde, ¿Que haces a esta hora? ¿Y en la siguiente? Quizás mi flexión es pensarte mientras te haces un pez en una acuarela naranja, y tu densidad es el movimiento y mi densidad es mi tristeza. Sumas: la tarde, el pez, la tristeza. Y todo combinado en esa flexión que empieza a pesar como la tarde, como las horas en que no estas y que de repente no hay con que llenar mas que con burbujas, mas que con el tiempo, mas que con el pez. Y el resultado no es el pez, ni tú, ni yo, son las burbujas que pretenden ser pez en el tiempo. He dicho noche antes y la noche deviene a ser objeto, como los llaveros, como la mesa, como la puerta. Yo el sujeto que las vive. Pero la noche esta ahí, afuera, incólume. Y eres tu la que ha establecido una relación entre la noche y yo. Tu la que te has permeado de ella. Ahora llevas la noche contigo, mientras caminas, mientras escribes, mientras vives. Llevas contigo la noche y tu pecho esta lleno de estrellas. Un firmamento vive en ti.
G. M.