Poesía que alimentas
del cuerpo del mundo,
y nos muestras su sal,
su derrota.
En tu estrabismo
aligeras la carne,
el sabor del cuerpo,
al volverlo signo,
nube; interrogación.
Sol desvencijado
que dobla el paso
por los recintos de la carne,
navegando entre alfileres;
sustantivos, ayeres.
Una miríada de ángeles
vigilan la pendiente
por la que te extravias
los pasos que vuelven
a recorrer una y otra vez
el laberinto
donde habitas.
Gab Martínez
Arrimado, sobre el forro de unos libros
que nada escriben, porque ya todo esta escrito
hago girar las páginas como un acordeón
resumen de lo dicho, sílabas, palabras, viento.
G. M.
“Entre ramas, (varitas caídas del árbol de la costumbre), escribo aquí y allá hojas de tu nombre: Entre labios, entre sombra, entre piedra caliza. Mi ser llamado conciencia; (hecho memoria genuflexa) hace del instante un ágape de tus brezos, -mariposas en el campo-. Parábola incierta. Instante de lo que llamamos objetivamente caída, (a veces vuelo), anillos que pueblan los árboles en tiempo histórico, tiempo acumulado. Sintaxis del viento que no sabe mecer lo estable, lo que permanece. Fijar tu rostro, con lápices, con pixeles, con amour fou. Enterrar albricias y que florezcan miel y pájaros, y leche. Sin atenerse al vuelo de sombreros o al otoño y sus mesas de café. Mientras el humo del cigarro vuela sobre nos, sobre un instante que se despeña y que nadie atrapa. Red a la que se escapan peces palomas, sueños. El azar que desemboca en salmones, en cuestiones como los formalistas rusos. Salpicar de gramática los molletes, separar la sintaxis con mantequilla y deletrear nuestra herrumbre bibliófila mientras tus piernas esconden París, Londres; quizá mas allá Hungría. Un cuento con final triste donde los amantes terminan perdiéndose a si mismos en el otro. Poblando de transparencia los espejos, el ánimo de liberarnos del ser amado, cuando el amor era la fábula perfecta. Y la destruimos para construirnos un mejor rostro -hacer de nuestro amor el mejor olvido-, adiós infinito perdiéndose en flores caídas. En sombrillas atrás del librero y dejarnos mojar por fin las piernas, el cuerpo; los labios, los ojos.”“
Gab Martínez
”Entre ramas, (varitas caídas del árbol de la costumbre), escribo aquí y allá hojas de tu nombre: Entre labios, entre sombra, entre piedra caliza. Mi ser llamado conciencia; (hecho memoria genuflexa) hace del instante un ágape de tus brezos, -mariposas en el campo-. Parábola incierta. Instante de lo que llamamos objetivamente caída, (a veces vuelo), anillos que pueblan los árboles en tiempo histórico, tiempo acumulado. Sintaxis del viento que no sabe mecer lo estable, lo que permanece. Fijar tu rostro, con lápices, con pixeles, con amour fou. Enterrar albricias y que florezcan miel y pájaros, y leche. Sin atenerse al vuelo de sombreros o al otoño y sus mesas de café. Mientras el humo del cigarro vuela sobre nos, sobre un instante que se despeña y que nadie atrapa. Red a la que se escapan peces palomas, sueños. El azar que desemboca en salmones, en cuestiones como los formalistas rusos. Salpicar de gramática los molletes, separar la sintaxis con mantequilla y deletrear nuestra herrumbre bibliófila mientras tus piernas esconden París, Londres; quizá mas allá Hungría. Un cuento con final triste donde los amantes terminan perdiéndose a si mismos en el otro. Poblando de transparencia los espejos, el ánimo de liberarnos del ser amado, cuando el amor era la fábula perfecta. Y la destruimos para construirnos un mejor rostro -hacer de nuestro amor el mejor olvido-, adiós infinito perdiéndose en flores caídas. En sombrillas atrás del librero y dejarnos mojar por fin las piernas, el cuerpo; los labios, los ojos.”
Gab Martínez
“Busco el olor a campo en tu piel. Sigo por tu espalda una caravana de sal y frutas frescas. Busco el olor de Morelia en tu piel. Mis yemas se aprestan a sacar el mar de tu cintura, a multiplicar mis labios en tu miel y a hacer volar la serenidad de tus sentidos.”
G. M.
“Busco el olor a campo en tu piel. Sigo por tu espalda una caravana de sal y frutas frescas. Busco el olor de Morelia en tu piel. Mis yemas se aprestan a sacar el mar de tu cintura, a multiplicar mis labios en tu miel y a hacer volar la serenidad de tus sentidos.”
G. M.